17 – En el Juicio Final Jesucristo no nos va a juzgar; sino que será nuestro abogado

El impresionante drama del Juicio universal siempre ha sido provechoso para los fieles y aun en nuestros días su consideración es eficaz para despertar las consciencias y llamar a la conversión. Tema muy pastoral y accesible para todos, aparece con gran claridad y frecuencia en la Sagrada Escritura.
La Iglesia resume esa verdad de fe en las terminantes y sencillas palabras que los católicos todos los días rezamos en el Credo: Cristo ha de venir de los Cielos “a juzgar a vivos y a muertos”. Pero… ¿vendrá como juez o vendrá cómo qué?

Francisco

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Un segundo motivo de confianza nos lo da la constatación de que, en el momento del juicio [final], no estaremos solos. […] Qué hermoso es saber que en esa circunstancia, además de Cristo, nuestro Paráclito, nuestro Abogado ante el Padre (cf. 1 Jn 2, 1), podremos contar con la intercesión y la benevolencia de muchos hermanos y hermanas nuestros más grandes que nos precedieron en el camino de la fe, que ofrecieron su vida por nosotros y siguen amándonos de modo indescriptible. Los santos ya viven en presencia de Dios, en el esplendor de su gloria intercediendo por nosotros que aún vivimos en la tierra. […] Esto significa que el juicio final ya está en acción, comienza ahora en el curso de nuestra existencia. Tal juicio se pronuncia en cada instante de la vida, como confirmación de nuestra acogida con fe de la salvación presente y operante en Cristo, o bien de nuestra incredulidad, con la consiguiente cerrazón en nosotros mismos. Pero si nos cerramos al amor de Jesús, somos nosotros mismos quienes nos condenamos.(Catequesis en la Audiencia General, 11 de diciembre de 2013)
Al otro grupo, a los que están encerrados en la rigidez de la ley, y no quieren oír, Jesús les habló mucho, diciendo cosas más feas que las que dijo Esteban. Es lo mismo que pasó con la mujer adúltera, que era una pecadora. Cada uno de nosotros entra en un diálogo entre Jesús y la víctima de los corazones de piedra: la adúltera. A los que querían lapidarla, Jesús solo responde: ‘Miraos por dentro.’Y hoy, miremos esa ternura de Jesús: el testigo de la obediencia, el Gran Testigo, Jesús, que dio su vida, nos hace ver la ternura de Dios con nosotros, con nuestros pecados, con nuestras debilidades. Entremos en ese diálogo y pidamos la gracia de que el Señor ablande un poco el corazón de esos rígidos, de esa gente que está encerrada siempre en la Ley y condena todo lo que esté fuera de esa Ley. (Homilia en la capilla de la Domus Sanctae Marthae – 2 de mayo de 2017)
La figura que más me ayuda a entender la actitud del Señor con la oveja perdida es el comportamiento del Señor con Judas. La oveja perdida más perfecta en el Evangelio es Judas: un hombre que siempre, siempre tenía algo de amargura en el corazón, algo que criticar de los demás, siempre distante. No conocía la dulzura de la gratuidad de vivir con todos los demás. Y siempre, como esa oveja no estaba satisfecha —¡Judas no era un hombre satisfecho!—, se escapaba. Se escapaba porque era ladrón, y se iba por ahí, él solo. Otros son lujuriosos, otros… Pero siempre se escapan porque tienen esa oscuridad en el corazón que le separa de la grey. Es esa doble vida, la doble vida de tantos cristianos, incluso —con dolor lo digo— curas, obispos… Y Judas era obispo, uno de los primeros obispos. La oveja perdida. ¡Pobrecillo! Pobrecillo ese hermano Judas, como lo llamaba don Mazzolari, en aquel sermón tan bonito: Hermano Judas, ¿qué pasa en tu corazón? Debemos comprender a las ovejas perdidas. También nosotros tenemos siempre alguna cosita, pequeña o no tan pequeña, de las ovejas perdidas. Lo que hace la oveja perdida no es tanto un error sino una enfermedad que tiene en el corazón y que el diablo aprovecha. Así, Judas, con su corazón dividido, disociado, es la imagen de la oveja perdida que el pastor va a buscar. Pero Judas no entiende y al final, cuando ve lo que su doble vida ha hecho en la comunidad, el mal que ha sembrado con su oscuridad interior, que le llevaba a escapar siempre, buscando luces que no eran la luz del Señor sino luces como adornos de Navidad, luces artificiales, se desesperó. Hay una palabra en la Biblia —el Señor es bueno, incluso con estas ovejas, nunca deja de buscarlas—, hay una palabra que dice que Judas se ahorcó, se arrepintió y se colgó (Mt 27,3). Yo creo que el Señor tomará esa palabra y la llevará consigo, no sé, puede ser, pero esa palabra nos hace dudar. ¿Qué significa esa palabra? Que hasta el final el amor de Dios trabajaba en aquella alma, hasta en el momento de la desesperación. Y esa es la actitud del buen pastor con las ovejas descarriadas. Ese es el anuncio, el alegre anuncio que nos trae la Navidad y que nos pide ese sincero alborozo que cambia el corazón, que nos lleva a dejarnos consolar por el Señor y no por los consuelos que vamos a buscar para desfogarnos, para huir de la realidad, de la tortura interior, de la división interior. Jesús, cuando encuentra a la oveja perdida no la insulta, aunque haya hecho tanto daño. En el huerto de los olivos llama a Judas “amigo”. Son las caricias de Dios. ¡Quien no conoce las caricias del Señor no conoce la doctrina cristiana! ¡Quien no se deja acariciar por el Señor está perdido! Ese es el alegre anuncio, ese es el sincero alborozo que hoy queremos. Esa es la alegría, ese es el consuelo que buscamos: que venga el Señor con su poder, que son las caricias, a encontrarnos, a salvarnos, como a la oveja perdida, y a llevarnos al rebaño de su Iglesia. Que el Señor nos dé esta gracia de esperar la Navidad con nuestras heridas, con nuestros pecados, sinceramente agradecidos, de esperar el poder de ese Dios que viene a consolarnos, que viene con poder, pero que su poder es la ternura, las caricias que nacen de su corazón, de ese corazón tan bueno que dio la vida por nosotros. (Homilía en la capilla de la Domus Sanctae Marthae – 6 de diciembre de 2016)
El Señor juzgará a grandes y pequeños por sus obras, se lee también en el Apocalipsis, y los condenados son arrojados en el “lago de fuego”. […] “La condenación eterna no es una sala de tortura, ésta es una descripción de esta segunda muerte: es una muerte. Y aquellos que no serán recibidos en el Reino de Dios es porque no se han acercado al Señor. Son aquellos que siempre han ido por su camino, alejándose del Señor y pasan ante el Señor y se alejan solos. Es la condenación eterna, es este alejarse continuamente de Dios. Es el dolor cada vez más grande, un corazón insatisfecho, un corazón que ha sido hecho para encontrar a Dios, pero por la soberbia, por estar seguro de sí mismo se aleja de Dios”. Lejanía para siempre del Dios que da la felicidad, del Dios que nos quiere mucho, éste es el “fuego”, éste es el camino de la condenación eterna. (Homilía en Santa Marta, 25 de noviembre de 2016)
Esta justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia en razón de la muerte y resurrección de Jesucristo. La Cruz de Cristo, entonces, es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre el mundo, porque nos ofrece la certeza del amor y de la vida nueva. (Bula de convocación des Jubileo de la Misericordia, 11 de abril de 2015)

Enseñanzas del Magisterio

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Autores

Sagradas Escrituras

Cristo separará las ovejas de los cabritos

Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a la izquierda. Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo”. Luego dirá a los de la izquierda:Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles”. (Mt 25, 31-34.40)

El Padre ha puesto todo juicio en manos de su Hijo

Porque el Padre no juzga a nadie: él ha puesto todo juicio en manos de su Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. Les aseguro que la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan, vivirán. Así como el Padre dispone de la Vida, del mismo modo ha concedido a su Hijo disponer de ella, y le dio autoridad para juzgar porque él es el Hijo del hombre. No se asombren: se acerca la hora en que todos los que están en las tumbas oirán su voz y saldrán de ellas: los que hayan hecho el bien, resucitarán para la Vida; los que hayan hecho el mal, resucitarán para el juicio. (Jn 5, 22.25-29)

En el día de la ira serán manifiestos los juicios de Dios

Por tu obstinación en no querer arrepentirte, vas acumulando ira para el día de la ira, cuando se manifiesten los justos juicios de Dios, que retribuirá a cada uno según sus obras. Él dará la Vida eterna a los que por su constancia en la práctica del bien, buscan la gloria, el honor y la inmortalidad. En cambio, castigará con la ira y la violencia a los rebeldes, a los que no se someten a la verdad y se dejan arrastrar por la injusticia. (Rom 2, 5-11)

Concilio de Letrán (XII Ecuménico)

Cristo vendrá como juez

[Firmemente creemos y simplemente confesamos que Cristo…] ha de venir al fin del mundo, ha de juzgar a los vivos y a los muertos, y ha de dar a cada uno según sus obras, tanto a los réprobos como a los elegidos: todos los cuales resucitarán con sus propios cuerpos que ahora llevan, para recibir según sus obras, ora fueren buenas, ora fueren malas; aquéllos, con el diablo, castigo eterno; y éstos, con Cristo, gloria sempiterna. (Denzinger-Hünermann 801. IV Concilio de Letrán (XII ecuménico).11-30 de noviembre de 1215. Cap.1. De la fe católica)

Catecismo Romano

Durante esta vida, Cristo es nuestro abogado ante el Padre

Según San Pablo, subió Jesús a los cielos además para comparecer en la presencia de Dios a favor nuestro (He 9,24). Hijitos míos – escribía San Juan -, os escribo esto para que no pequéis. Si alguno peca, Abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo, justo, Él es la propiciación por nuestras pecados (1Jn 2,1-2). Nada puede llenar de más alegría y esperanza nuestros corazones como el pensar que Jesucristo – que goza ante el Padre de toda gracia y autoridad – es el defensor de nuestra causa y el intercesor de nuestra salvación. (Catecismo Romano, 1060)

El día del Juicio, el Hijo será nuestro juez

Recordemos, además, que todos los hombres habremos de comparecer dos veces delante del Señor para dar cuenta de todos y cada uno de nuestros pensamientos, palabras y acciones, y para escuchar su sentencia de Juez. […] El segundo será el universal. En un mismo día y en un mismo lugar compareceremos todos ante el tribunal divino, y todos y cada uno, en presencia de los hombres de todos los siglos, conoceremos nuestra propia y eterna sentencia. Y no será ésta la menor de las penas y tormentos para los impíos y malvados. Los justos, en cambio, recibirán entonces gran premio y alegría, porque entonces aparecerá lo que fue cada uno en esta vida. […] Porque, si bien es cierto que la potestad de juzgar es común a las tres Personas de la Santísima Trinidad, se le atribuye de manera especial al Hijo, como igualmente se le atribuye la sabiduría. (Catecismo Romano, 1060)

Catecismo de la Iglesia Católica

Veremos condenada la incredulidad culpable

Jesús anunció en su predicación el Juicio del último Día. Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno (cf. Mc 12, 38-40) y el secreto de los corazones (cf. Lc 12, 1-3; Jn 3, 20-21; Rm 2, 16; 1 Co 4, 5). Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios (cf. Mt 11, 20-24; 12, 41-42). La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino (cf. Mt 5, 22; 7, 1-5). (Catecismo de la Iglesia Católica, 678)

El juicio será el triunfo del bien sobre el mal

El día del Juicio, al fin del mundo, Cristo vendrá en la gloria para llevar a cabo el triunfo definitivo del bien sobre el mal que, como el trigo y la cizaña, habrán crecido juntos en el curso de la historia. (Catecismo de la Iglesia Católica, 681)

Pablo VI

No se puede cambiar o innovar subjetivamente la verdad

Bien sabemos, al hacer esto, por qué perturbaciones están hoy agitados, en lo tocante a la fe, algunos grupos de hombres. Los cuales no escaparon al influjo de un mundo que se está transformando enteramente, en el que tantas verdades son o completamente negadas o puestas en discusión. Más aún: vemos incluso a algunos católicos como cautivos de cierto deseo de cambiar o de innovar. La Iglesia juzga que es obligación suya no interrumpir los esfuerzos para penetrar más y más en los misterios profundos de Dios, de los que tantos frutos de salvación manan para todos, y, a la vez, proponerlos a los hombres de las épocas sucesivas cada día de un modo más apto. Pero, al mismo tiempo, hay que tener sumo cuidado para que, mientras se realiza este necesario deber de investigación, no se derriben verdades de la doctrina cristiana. Si esto sucediera — y vemos dolorosamente que hoy sucede en realidad —, ello llevaría la perturbación y la duda a los fieles ánimos de muchos.
A este propósito, es de suma importancia advertir que, además de lo que es observable y de lo descubierto por medio de las ciencias, la inteligencia, que nos ha sido dada por Dios, puede llegar a lo que es, no sólo a significaciones subjetivas de lo que llaman estructuras, o de la evolución de la conciencia humana. Por lo demás, hay que recordar que pertenece a la interpretación o hermenéutica el que, atendiendo a la palabra que ha sido pronunciada, nos esforcemos por entender y discernir el sentido contenido en tal texto, pero no innovar, en cierto modo, este sentido, según la arbitrariedad de una conjetura. (Pablo VI. Homilía y profesión de Fe en la clausura del Año de la Fe, 30 de junio de 1968)

Juan Pablo II

El juicio de Cristo es un acto salvífico definitivo

El poder divino de juzgar ha sido vinculado a la misión de Cristo como Salvador, como Redentor del mundo. Y el mismo juzgar pertenece a la obra de la salvación, al orden de la salvación: es un acto salvífico definitivo. En efecto, el fin del juicio es la participación plena en la Vida divina como último don hecho al hombre: el cumplimiento definitivo de su vocación eterna. Al mismo tiempo el poder de juzgar se vincula con la revelación exterior de la gloria del Padre en su Hijo como Redentor del hombre. (Juan Pablo II. Audiencia General, 30 de septiembre 1987)

Cristo pondrá fin a un universo corrompido por la mentira

El Señor vendrá sobre las nubes revestido de majestad y poder. Es el mismo Hijo del hombre, misericordioso y compasivo, que los discípulos conocieron durante su itinerario terreno. Cuando llegue el momento de su manifestación gloriosa, vendrá a consumar definitivamente la historia humana. A través del simbolismo de fenómenos cósmicos, el evangelista san Marcos recuerda que Dios pronunciará, en el Hijo, su juicio sobre la historia de los hombres, poniendo fin a un universo corrompido por la mentira y desgarrado por la violencia y la injusticia. (Juan Pablo II. Homilía en el Jubileo de los militares e policías, 19 de noviembre de 2000)

Benedicto XVI

El Juez hace distinción entre el bien y el mal

El Juez que vuelve — es Juez y Salvador a la vez — nos ha confiado la tarea de vivir en este mundo según su modo de vivir. […] No vivimos como si el bien y el mal fueran iguales, porque Dios sólo puede ser misericordioso. Esto sería un engaño. En realidad, vivimos en una gran responsabilidad. Tenemos los talentos, tenemos que trabajar para que este mundo se abra a Cristo, para que se renueve. (Benedicto XVI. Audiencia General, 12 de noviembre de 2008)

Dios es justicia y crea justicia

La imagen del Juicio final no es en primer lugar una imagen terrorífica, sino una imagen de esperanza; quizás la imagen decisiva para nosotros de la esperanza. ¿Pero no es quizás también una imagen que da pavor? Yo diría: es una imagen que exige la responsabilidad. Una imagen, por lo tanto, de ese pavor al que se refiere San Hilario cuando dice que todo nuestro miedo está relacionado con el amor (cf. Tractatus super Psalmos, Ps. 127, 1-3: CSEL 22, 628-630). Dios es justicia y crea justicia. Éste es nuestro consuelo y nuestra esperanza. Pero en su justicia está también la gracia. Esto lo descubrimos dirigiendo la mirada hacia el Cristo crucificado y resucitado. Ambas — justicia y gracia — han de ser vistas en su justa relación interior. La gracia no excluye la justicia. No convierte la injusticia en derecho. No es un cepillo que borra todo, de modo que cuanto se ha hecho en la tierra acabe por tener siempre igual valor. (Benedicto XVI. Carta Encíclica Spes Salvi, n. 44, 30 de noviembre de 2007)

San Agustín

El perdón es concedido para corrección, no para favorecer la iniquidad

Pues bien, hermanos, porque tengamos un período de misericordia, no nos abandonemos, no seamos unos aprovechados, y nos digamos: “Dios siempre perdona. Hice ayer esto, y me perdonó; mañana lo haré y también me perdonará”. Así tiendes a la misericordia y no temes el juicio. Si quieres cantar la misericordia, la justicia y el juicio, sábete que te perdona para que te corrijas, no para que permanezcas en la iniquidad. No quieras atesorar ira para el día de la ira, y de la manifestación del justo juicio de Dios. (San Agustín. Comentario al Salmo 100, n. 3)

El Juzgado se transformará en Juez

Vendrá públicamente para juzgar entre justos e injustos con justicia, Él que primero vino ocultamente para ser juzgado por los injustos sin justicia. Él en persona — repito — vendrá ostensiblemente y no callará; o sea, aparecerá ante todos tomando la palabra de juez. (Mt 26,63). (San Agustín. La Ciudad de Dios. L. XX, c. XXIV, 2)

Los que creyeron en Cristo inútilmente estarán con los malos

Vendrá, efectivamente, en la claridad de su poder (Cf. Mt 25, 31ss; 16, 27) el que antes se había dignado venir en la humildad de su humanidad. Y separará a todos los buenos de los malos, es decir, no sólo los que no quisieron creer en él expresamente, sino también los que creyeron en él en vano e inútilmente: a los buenos les dará un reino eterno en su compañía, y a los malos un castigo sin fin al lado del demonio (Cf. Mt 25,31-46). (San Agustín. La Catequesis a principiantes, parte II, 24, 45)

San Juan Crisóstomo

El que ahora nos perdona será nuestro Juez

Pensemos continuamente en este tribunal, y así podremos ejercitarnos en la virtud. […] El que ahora perdona nuestros pecados, se sentará entonces como Juez. El que murió por nosotros ahí se mostrará juzgando a toda la humana naturaleza. Porque dice también: Abolido ya el pecado, se manifestará segunda vez para glorificación de los que aguardan su advenimiento. (San Juan Crisóstomo. Homilía XXXIX. Sobre el Evangelio de San Juan)

San Ireneo

El mismo Dios prepara el premio y el castigo

El mismo Padre que preparó para los justos el reino al que su Hijo hace entrar a quienes son dignos, así también preparó el horno de fuego para quienes por mandato del Señor serán arrojados en él por los ángeles que enviará el Hijo del Hombre. (San Ireneo de Lyon. Contra haereses. L.IV, c.40, n.2)

Benedicto XII

Cada hombre recibirá tal como se portó, bien o mal

Definimos además que, según la común ordenación de Dios, las almas de los que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno donde son atormentados con penas infernales, y que no obstante en el día del juicio todos los hombres comparecerán con sus cuerpos ante el tribunal de Cristo, para dar cuenta de sus propios actos, a fin de que cada uno reciba lo propio de su cuerpo, tal como se portó, bien o mal (2 Co 5,10). (Denzinger-Hünermann 1002. Benedicto XII. Constitución Benedictus Deus, 29 de enero de 1336)

Santo Tomás de Aquino

Todo cae bajo el poder judicial de Cristo

A todo el que se le encarga lo principal, se le encomienda también lo accesorio. Pero todas las cosas humanas se ordenan al fin de la bienaventuranza, que es la salvación eterna, a lo cual los hombres son admitidos o también rechazados por el juicio de Cristo, como es manifiesto por Mt 25,31ss. Y por tanto resulta evidente que todas las cosas humanas caen bajo el poder judicial de Cristo. (Santo Tomás de Aquino, S. Th. III, q. 59 a.4, resp.)

Congregación para el Clero

No es lícito callar la verdad sobre el juicio

La catequesis sobre los novísimos, mientras por una parte debe darse bajo el signo de la consolación, de la esperanza y de un saludable temor (1 Tes. 4,18), de todo o cual sienten una gran necesidad los hombres de nuestro tiempo, por la otra debe ser completamente fiel a la verdad. Porque no es lícito disminuir la grave responsabilidad de cada uno con respecto a su suerte futura. La catequesis no puede callar ni el juicio particular después de la muerte, ni las penas expiatorias del purgatorio, ni la triste y luctuosa realidad de la muerte eterna, ni el juicio final. (Congregación para el Clero. Directorio Catequístico General, 69, 11 de abril de 1971)


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